Lander Gallastegi estudia como “uno más” en el instituto de Elorrio gracias a la ONCE y al Departamento de Educación

Bilbao

A pesar de que tiene una discapacidad visual grave, Lander Gallastegi ve claro su futuro. Quiere ser informático, “pero informático de seguridad”, especifica. Seguro que lo consigue porque es listo y muy hábil con el ordenador, pero tendrá que esforzarse más porque, según dicen los que le conocen, “es un poco vago”. Todavía le queda mucho camino por recorrer hasta alcanzar su meta. Actualmente estudia 3º de la ESO en el instituto de Elorrio “como uno más” aunque por el ojo izquierdo no vea nada y por el derecho solo tenga un pequeño resto visual. “Yo, como no he visto de otra forma en mi vida, veo bien”, dice. Su ceguera no le impide andar en bicicleta, esquiar (ha sido campeón de España) y hacer trastadas con los amigos. Lo único que le diferencia del resto de sus compañeros en clase es que tiene una profesora de apoyo. El resto es igual: las asignaturas y la exigencia. Lander es uno de los 170 alumnos ciegos o con una discapacidad visual grave que gracias a la ONCE y al Departamento de Educación del Gobierno vasco están integrados en las aulas de los centros escolares ordinarios de Bizkaia.

La discapacidad visual de Lander es de nacimiento. “A los dos meses la pediatra se dio cuenta de que no fijaba la mirada”, cuenta Eva, su madre. A partir de ese momento comenzó un duro peregrinaje por los médicos hasta que el doctor Corcóstegui les dio el demoledor diagnóstico: disfrasia vitreoretiniana. No iría a más pero tampoco iba a recuperar la visión perdida. “Fue un palo” dice su ama, “porque no sabes cómo va a ser el futuro para él”. Asumida la situación, sus padres, Eneko y Eva, decidieron “mandarle al colegio”. Para ello se pusieron en contacto con el CRI (Centro de Recursos para la Inclusión del alumnado con discapacidad visual), un servicio de apoyo que ofrece el Departamento de Educación, y con la ONCE. Y así, a los nueve meses, Lander inició su carrera escolar: primero en la guardería, después en Primaria y ahora en Secundaria. Durante todos estos años siempre ha estado a su lado, y sigue estando, Iraide, la profesora de apoyo del CRI. Así que ella tiene una opinión muy formada de Lander. “Tiene muchas capacidades, es muy listo” dice, “pero muy vago porque tiene muchas capacidades y se conforma con cincos cuando puede sacar nueves y dieces”. “Y eso”, apostilla Iraide, “a los que estamos a su lado nos da bastante rabia”. Lander calla y pone cara de pillo. Reconoce que lo que más le cuesta es hacer los deberes, aunque lo más “duro” para él es “levantarme a las siete de la mañana”. En cuanto a las asignaturas, la que más le gusta es Lengua Castellana, algo que no tiene muy claro Iraide, y “lo que menos: Biología, Geología, Física y Química”. Donde no escatima tiempo y esfuerzo es en todo lo relacionado con la informática. “Me encanta jugar con el ordenador y con el móvil” confiesa; por eso cree que podría convertirse en “un hacker”.

Materiales

El ordenador, por tanto, es la inseparable herramienta de trabajo y de ocio de Lander. En sus entrañas, además de los juegos, están todas las materias de estudio que previamente han sido “traducidas” al braille o a otros formatos de audio por la ONCE o por el mismo Centro de Recursos para Inclusión (CRI) del Gobierno vasco. Gracias a las nuevas tecnologías, los alumnos con discapacidad visual han podido experimentar grandes progresos en su aprendizaje escolar durante los últimos años. El sistema Jaws, por ejemplo, que lee cualquier texto, “ha supuesto un gran avance”. Pero para que todo el material escolar esté disponible es necesario que personas como Iraide comiencen a prepararlo mucho antes de que se inicie el curso. Una vez que comienza, Iraide acude al instituto tres veces por semana para apoyar a Lander. “Yo estoy con él las horas lectivas que necesite”, señala Iraide, “unas veces dentro del aula y otras, fuera, como cuando tenemos que hacer algo específico, que tiene que aprender algo nuevo”. Cuando llega a casa y tiene que hacer los deberes, también cuenta con clases particulares de apoyo, porque su ama reconoce que “llegó un momento en el que no podía hacer de profesora, así que delegué”. Pero la jornada de Lander no se acaba con el estudio. Al ser un chico hábil para los deportes, se zambulle en la piscina del pueblo a nadar y nadar. “Me encanta”, dice. Lo mismo que el esquí, donde ha llegado a ser campeón de España de slalom gigante en los torneos para discapacitados visuales que organiza la ONCE. “Si hubiera esquí todo el año, estaría mucho mejor”, enfatiza, porque también “me encanta”. A esquiar aprendió en la estación aragonesa de Cerler cuando apenas tenía cuatro años, así que no es de extrañar que ahora sea todo un campeón. Tomó contacto con la nieve por el empeño que pusieron sus padres para que desarrollara todas sus habilidades deportivas, que las tenía. Le iniciaron en el esquí porque Eneko y Eva conocieron en Cerler a una persona de Irun que enseñaba esquí adaptado. Desde entonces no ha parado de deslizarse. Primero lo hacía tras su ama, que le hacía de guía, pero llegó un momento en el que Lander le decía: “Ama, quita, que eres un paquete”, recuerda Eva. Hoy en día compite y entrena con un guía de la ONCE.

Tanto en el esquí como en su vida, no saben dónde podrá llegar Lander porque la teoría de Eva es que “los límites los pone uno mismo”. “Si él quiere, puede”, dice, “aunque hay ciertas cosas que no podrá hacer, como, por ejemplo, pilotar un avión”. En este punto interviene Iraide para decir que “cada persona tiene unas habilidades, y si sabe aprovecharlas, como es el caso de Lander, que tiene muchas, llegará lejos”.

Pueblo

La integración de Lander en sus diferentes etapas educativas ha sido plena porque “desde pequeño ha tenido los mismos amigos y compañeros”, señala su ama. “Aunque con su peculiaridades, como cualquier otra persona, Lander siempre ha sido uno más”, insiste su ama. “Además”, puntualiza, “Elorrio es un pueblo donde todo el mundo se conoce”. Precisamente, el que sea una localidad pequeña también ha posibilitado que Lander se maneje muy bien por el pueblo. “Tiene un mapa en la cabeza que ni Google Maps”, resalta su ama. Eso no quita para que de vez en cuando se “coma” alguna farola o tenga un traspiés. De los tortazos que se ha dado por culpa de su escasa visión recuerda perfectamente uno en el instituto persiguiendo a un amigo. “Iba corriendo por una zona de hierba, había un escalón y me di un trompazo que me rompí el brazo”, cuenta. Eso no le impidió seguir con su vida normal de joven inquieto. A pesar de ello nunca ha utilizado bastón. “Tiene que ser un rollo llevar un bastón”, dice. Él se mueve por cualquier sitio sin excesivos problemas. Lo único que le pone “nervioso” es cuando se enfrenta a una situación nueva. Por ejemplo, “cuando tengo que empezar un curso y no conozco a los que están en la clase”, comenta, “pero al segundo día ya estoy tranquilo”. Tampoco le gusta, como pudimos comprobar el día que se realizó el reportaje, ser protagonista, quizá por vergüenza. Mostró especial interés en que se cerrara el aula donde transcurrió el encuentro para que no escuchara nadie lo que decía.

Bicicleta

Su discapacidad visual tampoco le ha impedido andar en bicicleta. Dio sus primeras pedaladas en un triciclo que le construyó ex profeso para él una persona en Valencia que diseñaba bicicletas para discapacitados. Con ella cogió estabilidad y confianza ya que “con los ruedines no se arreglaba”, recuerda su aita. Al cabo de un tiempo probaron con una de dos ruedas de su hermana Ane “y anduvo sin problemas”, señala su aita. Hasta hoy, que se maneja muy bien en bicicleta cuando pasea tranquilo con la familia, bien por Pirineos o por el bidegorri que conecta Elorrio con el valle de Atxondo. Lander también tiene tiempo para hacer trastadas con su amigos, o ir al cine con sus aitas. Todo le gusta, menos hacer deberes, pero si quiere ser informático deberá hincar los codos a partir de ahora. La ONCE y el Departamento de Educación le apoyarán siempre. Lo mismo que al resto de los estudiantes vizcainos ciegos o con una discapacidad visual grave que acuden todos los días como “uno más” a las aulas.

Integración

Fuente: José Basurto