La ley ampara que las personas con movilidad reducida puedan conducir; otra cosa es la aceptación ciudadana
Todavía quedan muchas barreras arquitectónicas sociales”, denuncia el presidente de una entidad estatal

Conseguir el carnet de conducir es un trámite. Se atraganta más o menos, pero al fin y al cabo se trata de estudiar un manual y de realizar unas prácticas que permitan adquirir pericia de cara al examen sobre el terreno. Es un símbolo de madurez cuando se consigue pasada la adolescencia; de superación cuando se logra en la edad sénior. En cualquier caso, una alegría y un alivio. Pero si se trata de una persona con discapacidad, lo que subyace es un ser humano mucho más libre, mucho más autónomo. Porque, de una vez por todas, podrá decidir adónde quiere ir y cuándo.

Antes de subir a examen y de aprobar el teórico, la persona con discapacidad debe afrontar otro filtro que el resto de la ciudadanía se evita: un control médico de reconocimiento que evaluará sus limitaciones y que establecerá las adaptaciones que deberá incorporar su futuro coche. Al margen de esto, se enfrenta a los mismos retos e ilusiones que el resto de ciudadanos. Con un ‘pero’: el estigma social.

Antxo Queiruga, presidente de la Confederación Española de Personas con Discapacidad Física y Orgánica (Cocemfe), se sacó el carnet en 1990. Lo consiguió en Salamanca, porque en su Galicia natal era como esperar un invierno soleado en las aldeas. “Me facilitó la vida, me dio independencia y autonomía porque no te puedes fiar del transporte público y no puedes estar siempre dependiendo de familiares y amigos“. Lamenta que todavía haya gente que no digiera bien que una persona en silla de ruedas pueda conducir: “Las peores barreras arquitectónicas son las sociales“. Se queja también del precio, de lo caros que son los coches adaptados, que están al alcance de muy pocos.

TEMA MÁS SOCIAL QUE LEGAL

José Mari Martikorena es gerente de la autoescuela Irrintzi de Vizcaya. Abrió el negocio hace 42 años, en junio de 1975, cuando las personas con discapacidad que conducían eran una anécdota. Se centró en este colectivo. Y hasta hoy. Reciben a gente con movilidad reducida de toda España que quieren sacarse el carnet. Disponen de todo tipo de artilugios adaptados a cada necesidad. También de un vehículo -como ahora también sucede con la catalana ARC Soluciones– que permite conducir desde la propia silla de ruedas. Lo compraron en el 2008. Cuenta que al final de la dictadura y al principio de la transición “no había ninguna legislación ni protocolo“, que les ha tocado batallar con Tráfico y con el Ministerio de Industria “para ir dando pequeños pasos”.

Ahora, explica este vasco de 64 años, ya no es tanto un tema legal (está regulado su derecho a conducir y las condiciones para lograrlo) como social. “Lo que hace falta es más aceptación, que la gente se dé cuenta de que estas personas son absolutamente capaces de llevar un coche. Hemos creado jurisprudencia, pero lo más importante es que hemos creado hábitos”. También los avances tecnológicos han ayudado, con todo tipo de artilugios capaces de amoldarse a cada necesidad.

DOBLE VARA DE MEDIR

A juicio de Martikorena, todavía son muchos los que no se fían de una persona con discapacidad al volante, a pesar de que tiene comprobado que en su autoescuela aprueban más los que tienen problemas de movilidad que los que no presentan limitación alguna. “Si alguien en prácticas se salta un semáforo en rojo es una anécdota. Si tiene una discapacidad, todo el mundo se preguntará la razón y dudará de que esté habilitado para conducir”.

Se calcula que por las carreteras españolas circulan más de 100.000 vehículos adaptados. En el interior, un ciudadano con su correspondiente carnet de conducir. “Hemos tenido que levantar a muchos políticos de su silla -sostiene el gerente de Irrintzi- para que hagan algo”.

 

Fuente: El Periodico